sábado, 24 de febrero de 2018

Forges II

Más humor. Más Forges.

Otras viñetas geniales, que nos despejan la mente.

Sólo conozco otro autor que me provoque este asombro: el argentino Quino.


Ambos despiertan en mí la admiración. Por su inventiva.

Nada hay más complejo que el sentido del humor; una manifestación sublime de la inteligencia puesta al servicio del arquetipo, del simbolismo.

La realidad se despereza con la sonrisa; y dentro de nosotros queda la sensación de que hay algo más. Un mensaje oculto tras la levedad de la risa.

De todos los creadores, a los que más admiro es a los que saben emplear el humor. Porque me parece que su arte tiene profundas raíces, que se adentran en lo extraordinario.
Pero, en fin... Permítanme la osadía de proponerles unos pocos dibujos más. Espero que los disfruten.


jueves, 22 de febrero de 2018

Hoy ha muerto un humanista que nos hacía reír


Hoy ha muerto Forges.

La muerte de un humorista es siempre una tragedia. El humorista con talento, que no emplea el insulto ni la descalificación, es una especie en extinción.


Hoy somos todos un poco más pobres. Porque, además, Forges era un humanista.


¿Sabían que palabras como "bocata", incluidas en el diccionario de la RAE, las inventó él?


En su humor prima la inteligencia más valiosa, la que desprende sutileza. Nada de trazo grueso. Sus personajes ya forman parte del imaginario español. Los Basilios, los Marianos y las Conchas, esas ancianas o esos náufragos...


Y sus dibujos son testimonio de una época, la de la transición, que nos obliga a ser nostálgicos.

Porque Forges se ha muerto; y están cerrando revistas como Interviú y Tiempo. Y la prensa de papel está destinada a desaparecer. Y en Forges, como en el resto de los humoristas gráficos, había una corporeidad que está disipándose en este mundo digital.
Pero Forges era un humanista, fundamentalmente, por su labor de divulgador de la historia
Su "Historia de España" en 8 volúmenes nos acercó el conocimiento exhaustivo de nuestro pasado trufándolo de chistes e imágenes. Y así, de una manera rigurosa pero amena, leímos sobre Numancia, sobre el feudalismo, los Borbones o la catástrofe del 98.


Nunca le agradeceré lo bastante que me impulsara a leer aquellas páginas. Que me descubriera que el árabe Abderramán III era pelirrojo, que los romanos estaban aterrados con Numancia, lo que sucedió con los "últimos de Filipinas"; una historia difícil de creer.
En fin. Buen viaje, maestro. Gracias por la sonrisa que despertaste en mí en más de una ocasión. Gracias por tus enseñanzas.

Hoy es un día de nostalgia, que, sin embargo, quiero aliñar con tus viñetas. Porque me apetece compartirlas. Porque te has ido pero estuviste.

Antonio Carrillo

miércoles, 7 de febrero de 2018

Los fantasmas amables



Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que me visitan los fantasmas amables del pasado.

Laurita, mi compañera de pupitre. Mi confidente. Se casó con un médico de Zaragoza que no quiso hacerle feliz. Con lo buena que era.

Y la madre Asunción, siempre tan aseada. Nos daba lenguaje. Me encantaba el tono de su voz.

Y es ahora que me veo recorriendo las calles de un barrio que ya no existe, una niña despreocupada y risueña. Me asomaba a los escaparates de los colmados, para leer las etiquetas de los botes. Algunos, pocos, venían de lugares lejanos. Y yo me imaginaba cómo sería vivir al otro extremo del mar.

Con la frente apoyada en el frío cristal, viajaba mientras veía ilustraciones en color.

En casa, madre siempre con la faena, de ropas y mochos y comidas. Entrar en casa era oler el pan recién tostado de la merienda, el olor de madre. Todos los hermanos apiñados junto a la mesa de la cocina. Y el sonido de la radio.

Caía la tarde con la calma de la rutina. Deberes de la escuela, siempre con la mejor letra. A madre le gustaba verme escribir. Sólo entonces descansaba, y eso me hacía feliz. Huelo su pelo junto a mi cara.

Era la mujer más bella del mundo, pero no lo sabía.

Lentamente se alejaba el Sol de las ventanas, y madre encendía la luz. Todos aguardábamos, expectantes. A mí siempre me producía ansiedad que no volviera. Que se hubiese perdido. Que se hubiese muerto.

Pero siempre volvió padre del trabajo. Los perros corrían hacia la puerta minutos antes de que se le escuchara. El sonido de la llave en la puerta acallaba todos mis miedos. El rumor de sus pasos en el pasillo. Siempre sonriendo. De toda la herencia que recibí de niña, ninguna fue tan importante como la sonrisa de padre y el beso a madre en la frente. Su mano sorteando los rizos de mi cabeza. De mayor siempre exigí de los hombres respeto y cariño. Tuve una vida feliz porque mi madre era cálida y mi padre un hombre bueno.

Con padre en casa estábamos seguros, cerrados a toda la oscuridad y a todo frío.

Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que vuelvo a sentirme insegura como cuando era niña. Y me gustaría, aunque sólo fuese una vez, que padre volviese. Que cerrase con doble vuelta la llave de la puerta. Que acariciase mi cabeza, ahora cana.

Me gustaría no sentir tanto miedo.

Antonio Carrillo.

miércoles, 17 de enero de 2018

A imagen de Dios



Buenos días. Permítanme que me presente.

Soy un trilobites.

Pertenezco al filo de los artrópodos, el más amplio y diverso del reino animal. Y yo fui el primero.

Mi subfilo nació hace mucho, mucho tiempo, a comienzos del Cámbrico, una era remota en la que apenas había medusas o esponjas. Nosotros fuimos los primeros animales que desarrollaron patas con las que caminar. Los primeros en tener antenas. En presentar dimorfismo sexual; los machos somos distintos que las hembras.

Pero lo más importante es que fuimos los primeros animales en desarrollar ojos complejos. La naturaleza, el universo mismo, se hizo consciente ante la luz con los trilobites.

Esto ha dado mucho de qué hablar entre nosotros, los trilobites. Al fin y al cabo, somos todos muy distintos, con más de 4.000 especies. Pero hay un consenso que se ha mantenido a lo largo de los milenios: somos criaturas privilegiadas.

Los hijos de la luz nos llamamos.

Pensamos que Dios es un trilobites. Que estamos hechos a su imagen y semejanza. Creemos en un Dios inmenso que porta sobre su cuerpo todos los mares y océanos en los que vivimos. Que vela por nosotros.

¿Cómo si no se explica nuestro éxito? Fuimos los primeros y sobrevivimos a dos grandes extinciones. Llevamos 300 millones de años caminando bajo los mares de este planeta, en aguas profundas y someras, frías y calientes, ácidas y alcalinas.

El tiempo pasa. Al Cámbrico se siguió el Ordovícico, luego el Silúrico, el Devónico y el Carbonífero. Ahora estamos en el Pérmico, con los insectos, las plantas con semillas y los reptiles. Hemos visto llegar y extinguirse a cientos de miles de especies. Nosotros permanecemos.

Somos únicos. Eternos.




El relato se detiene. Hay un silencio como nunca ha habido en la Tierra. Prácticamente, la vida se ha extinguido. Nuestro planeta, de repente, es un páramo.

El 95% de las especies han desaparecido. Es la mayor catástrofe en la historia de la Tierra.

¿Qué ha sucedido? En el este del supercontinente de Gondwana cae una roca inmensa, de 40 kilómetros de diámetro. El choque brutal provoca un cráter de 500 kilómetros. La Tierra se abre, tiembla, la corteza se resquebraja. Una parte del continente se desgaja e inicia una marcha hacia el noreste. Con el tiempo lo llamaremos Australia.

Es algo parecido al meteorito que acabó con los dinosaurios, solo que tres veces más grande. Mucho más destructivo.

Desde el lugar del impacto surgen enormes ondas sísmicas que agitan toda la superficie del planeta y que finalmente convergen en las antípodas. En el peor lugar posible: los Traps Siberianos. La mayor zona volcánica del planeta.

Dos millones de kilómetros cuadrados entran en erupción. Como si toda Europa Occidental se abriera dejando fluir lava y gases. Las cifras son desorbitantes: unos 4 millones de km³ de lava salen a la superficie. La emanación de CO2 provoca un aumento de las temperaturas de 5°C.

En los océanos el aumento de temperatura provoca que se descongelen los depósitos de hidrato de metano que hay en el fondo marino. Y pocos gases hay más nocivos que el metano. La temperatura en el planeta aumenta otros 5°C y en los mares se cambian las corrientes oceánicas, cae el nivel de oxígeno atmosférico y se destruyen la mayoría de los ecosistemas. Zonas antaño frondosas se convierten en desiertos sin vida.


Y transcurridos muchos miles de años, sanadas las heridas, unos reptiles, capaces de poner huevos amnióticos, se convirtien en los nuevos amos. Y creen que Dios tiene la forma de un dinosaurio.

Y otros seres, simios desnudos y bípedos, millones de años más tarde, también se creen invencibles, tocados por la gracia divina. Únicos. Inmortales. Con un Dios a su medida.

Y la Tierra gira, ajena a todo este desatino. Ella sí, inmutable.

Antonio Carrillo

martes, 16 de enero de 2018

Senderos de bufones



En la película Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, el general interpretado por Adolphe Manjou le explica al coronel (Kirk Douglas), desde la mullida comodidad de su sillón, las razones por las que tiene la intención de ejecutar a tres soldados al azar del batallón.


-      "Las ejecuciones serán un tónico para la división. Hay pocas cosas más alentadoras y estimulantes que ver morir a un ser humano.

-      Nunca pensé en ello, señor.

-      Verá. Los soldados son como niños. Los niños quieren un padre estricto y los soldados quieren disciplina.

-      Entiendo.

-      Y una buena forma de mantenerla es fusilar a un hombre de vez en cuando."

Por un lado, los barracones enfangados en los que se hacinan los soldados; por otro, los cómodos salones en los se entibia el plácido aroma de un puro bañado en coñac. Es una frontera infranqueable, tan sólida como la alambrada de la trinchera. Oficiales a un lado, soldados rasos al otro.

Dos senderos que son bifurcaciones. Que siempre han tomado distintos derroteros.

Una historia mil veces repetida.

Por cierto. Es una película del año 1957. No se pudo estrenar en Francia hasta 1975. Suiza prohibió su estreno.

En España se estrenó en 1986

El 1 de agosto de 1752 una compañía italiana representa en la primera sala del Palacio Real de París, sede de la muy formal Académie Royale de Musique, una breve ópera bufa del (ya fallecido) compositor italiano Pergolesi: La Serva Padrona.

Se trata de apenas 45 minutos de música y chanza, un intermedio que aligera el tiempo de espera entre dos actos de una plúmbea obra del arribista, cortesano y pomposo Jean Baptiste Lully, quién moriría más tarde al golpearse el pie con el bastón que utilizaba a modo de batuta.

No llega a una hora, digo. Pero el escándalo es monumental ¿Cómo se permite que algo tan chabacano y pueblerino se interprete entre tan sacrosantos muros? Bastante tenía la nobleza con aguantar los disparates de ese tal Moliere, que fustigaba con sus obras la riqueza, la iglesia o el honor.

Se produce un escándalo mayúsculo. A un lado de la sala, en el conocido como "rincón del rey", la nobleza silba y protesta mientras, justo enfrente, en el llamado "rincón de la reina", los intelectuales e ilustrados aplauden la espontaneidad y frescura de la obra. Se inicia este día una guerra incruenta conocida como "la guerra de los bufones". Es una contienda en la que se cambian espadas por plumas, cañones por panfletos. A un lado, Rameau o Lully; al otro, Rousseau o Diderot, que un año antes había publicado el primer volumen de la "Enciclopedia".

Dos años más tarde los cantantes italianos acaban siendo expulsados de Francia y en 1959 la "Enciclopedia", que ensalza la tolerancia religiosa, se incluye en la lista de libros prohibidos por la iglesia.

De nuevo, dos maneras de asumir la realidad. Dos filosofías de la naturaleza misma de la vida. Algo más que dos corrientes ideológicas.

Dos maneras de entender la esencia misma de lo humano.

A veces toca tomar partido. Ser de los que fusilan o de los fusilados. Abuchear o aplaudir.

En ocasiones las mareas de la historia confluyen y te piden una respuesta.

Y no siempre es fácil. En un poema León Felipe escribió:


Cuando estaba solo y recostado
al borde del camino,
unos hombres,
con trazas de mendigos
me han dicho:

"Ven con nosotros, peregrino".

Y otros hombres,
con portes de patricios,
que llevaban sus galas intranquilos
me han hablado lo mismo:

"Ven con nosotros, peregrino".

Yo a todos los he visto perderse
allá a lo lejos del camino.

Y me he quedado solo,
sin despegar los labios,
en mi sitio.


Pero a veces esta opción, la del silencio, que sería la nuestra, resulta imposible.

Fusilado o de los que fusilan.

Por un sendero de inciensos o de bufones.

Muestra de qué color es tu corazón.

Porque toca despegar los labios y gritar. 

Hasta romper la garganta.


Antonio Carrillo.   

lunes, 15 de enero de 2018

Creatividad y humor: un barómetro y un portero.







Niels Bohr fue uno de los grandes físicos del siglo XX; posiblemente, el pensador más profundo. Y le gustaba el fútbol. Su hermano Harald llegó a ganar una medalla de plata en los juegos olímpicos de 1908. Niels jugaba de portero, y no era mal guardameta.

Sin embargo, tenía ciertas "lagunas" que intranquilizaban a los seguidores de su equipo; y a sus propios compañeros.

Se cuenta que en un partido contra un equipo alemán, un encuentro que el conjunto de Niels tenía totalmente dominado, el balón acabó rodando hacia la portería danesa. Niels no se había percatado del hecho: estaba absorto anotando algo en uno de los postes, ajeno a todo. El público de detrás de la portería, siempre atento a sus excentricidades, comenzó a gritarle. En el último momento, Niels volvió a la realidad, y detuvo el balón.

Más tarde, en el vestuario, se disculpó avergonzado. Explicó que le había venido a la cabeza una formulación matemática muy interesante, y no pudo evitar la compulsión de  escribir la comprobación, olvidándose del partido.

Niels ha pasado a la historia por sus muchos méritos. Creó el laboratorio más importante del mundo, sus contribuciones le hicieron merecedor del premio Nobel y era una persona sencilla y amable. Además, tenía sentido del humor.

Cuando era un joven y anónimo estudiante, Niels tuvo que responder a la pregunta "¿cómo mediría la altura de un rascacielos utilizando un barómetro?". Su respuesta fue la siguiente: «se ata una cuerda bien larga al barómetro, y se descuelga desde lo alto del edificio. Cuando toca el suelo, se mide la cuerda más el barómetro, y la cifra es la altura del edificio».

El profesor se sintió burlado por la respuesta (no sin razón), y suspendió a Niels. Éste protestó, aduciendo que su propuesta era perfectamente lógica. Un tribunal estableció que, si bien la respuesta de Niels era formalmente correcta, no demostraba un conocimiento mínimo de la ciencia física. Se decidió citarle, y concederle 6 minutos para ver si encontraba la respuesta correcta.

Pasaron 5 de los 6 minutos y Niels parecía estar ausente, en silencio. Un profesor, ya nervioso, le instó a decir algo. El alumno salió de su ensimismamiento y se excusó: el problema era que tenía varias respuestas, y no sabía por cuál optar.

"En primer lugar, se puede llevar el barómetro hasta el tejado del rascacielos, dejarlo caer desde el borde y medir el tiempo que tarda en llegar al suelo. La altura del edificio puede calcularse entonces a partir de la fórmula H=0.5gt2. pero ¡adiós barómetro!

O, si hay sol, se podría medir la altura del barómetro, ponerlo luego vertical y medir la longitud de la sombra. Luego se podría medir la longitud de la sombra del rascacielos y, a partir de ahí, es una simple cuestión de aritmética proporcional calcular la altura del rascacielos.

Pero si uno quiere ser muy científico, se podría atar un corto cabo de cuerda al barómetro, y hacerlo oscilar como un péndulo, primero a nivel del suelo y luego en el tejado del rascacielos. La altura se calcula por la diferencia de la fuerza gravitatoria restauradora T=2p(l/g)1/2.

O si el rascacielos tiene una escalera de emergencia exterior, sería más fácil subirla y marcar la altura del rascacielos en longitudes del barómetro, y luego sumarlas.

Por supuesto, si simplemente se quiere ser aburrido y ortodoxo, se podría utilizar el barómetro para medir la presión del aire en el tejado del rascacielos y en suelo, y convertir la diferencia de milibares en metros para saber la altura del edificio.

Pero puesto que continuamente se nos exhorta a ejercer la independencia mental y aplicar métodos científicos, indudablemente la mejor manera sería llamar a la puerta del conserje y decirle: «si usted quiere un bonito barómetro nuevo, le daré éste si me dice la altura de este rascacielos»".

Estas, y otras muchas anécdotas, las pueden encontrar en el libro "Eurekas y euforias" de Walter Gratzer (traducción de Javier García Sanz), editorial Crítica, colección Drakontos.


  

jueves, 11 de enero de 2018

Marte hispana 2: lo oculto




Nos fuimos a dormir francamente descorazonados. Pero al día siguiente me desperté con una obsesión, el impulso de afrontar con una actitud desafiante y racional los retos que Marte nos planteaba. Nuestra situación me recordaba a la de los náufragos de la Isla Misteriosa, la maravillosa novela de Julio Verne que había leído de joven. Como ellos, debíamos hacer uso de todo un bagaje de conocimientos heredados en química, física, biología y el resto de ciencias empíricas.

Podíamos perder la batalla, era incluso probable que fuésemos finalmente derrotados; pero era pronto para rendirnos.

Se lo comunicamos a la Tierra: teníamos la intención de sobrevivir. Marte hispana tenía futuro.

Desde un principio advertimos que no contábamos con demasiada ayuda. El comité de crisis en la Tierra estableció de inmediato la creación de varios subcomités para cada uno de los problemas que nos acuciaban, compartimentados en disciplinas científicas. Lo consideramos un error garrafal; ante un reto de tal calibre se deben afrontar los problemas desde una perspectiva holística, interdisciplinar. Físicos, químicos, geólogos, biólogos o médicos… todos deben colaborar en un mismo empeño, aportando ideas en común. Pronto supimos que los subjefes de comités se reunían periódicamente en reuniones improductivas, y se acumulaban miles de folios de memorandos. Nadie quería asumir el riesgo de tomar decisiones. La estulta burocracia se había impuesto, una vez más.

Para entonces nosotros ya habíamos avanzado en la solución de nuestros problemas, asumiendo los retos y sus consecuencias, buscando de entre los recursos que teníamos disponibles, priorizando las necesidades y exprimiendo algo tan intangible como intrínsecamente humano: la imaginación.

En realidad, tampoco tuvimos tanto mérito; nos estábamos jugando la vida, y no hay mayor aliciente.


La primera decisión que adoptamos fue la de diseñar un entorno autosostenido que nos mantuviese con vida durante algo más de un año. Con un suelo venenoso y la permanente amenaza de la radiación solar y cósmica, la única opción viable era la de procurarnos un refugio en la base del acantilado de 11 kilómetros de altura. Perdíamos luz solar, pero ganábamos protección ante la radiación y un entorno más contenido para asegurar una presión atmosférica adecuada.

Pero no todo podía quedar dentro de la cueva.

Para tener energía disponíamos de paneles solares activos en una Rocinante que estaba en estado de reposo con sus motores iónicos apagados; pero los paneles eran poco eficientes debido a la poca radiación solar. Además, sufrían el inconveniente de una ventolera de arena fina casi constante, que los cubrían.

Pero esta tesitura estaba prevista; uno de los módulos que nos habían precedido era un artefacto, en verdad, impresionante. Le teníamos admiración y temor a partes iguales.

Consistía en un enorme cilindro suspendido sobre cuatro brazos articulados. Con la ayuda de la grúa del Rover más potente lo alejamos 150 metros de la base y pusimos en marcha su programación. Nos apartamos, expectantes. De su base surgió una rueda dentada del mismo diámetro que la base, la cual adoptó paulatinamente la forma de un cono y comenzó a girar. Los brazos articulados se flexionaron y el cono comenzó a horadar el suelo. Unos potentes chorros de aire expulsaban la arena y piedras alrededor mientras el cilindro se hundía lentamente bajo su propio peso. Nos tuvimos que alejar. Cuando estuvo completamente bajo tierra, de su parte superior surgió un pequeño monolito que asomaba a un metro y medio de altura. En lo alto, una potente luz blanca oscilaba emitiendo un suave zumbido. Gracias a ella, siempre pudimos encontrar el cilindro, incluso en medio de una tormenta. En su base, un panel de instrumentos permitía la conexión totalmente estanca de un cable fuertemente aislado de 30 centímetros de diámetro. En  realidad era lo que denominamos un hilo de Litz. Una vez conectado el cable y enchufado en su otro extremo al módulo de supervivencia de la base, el cilindro comenzó las segunda fase de su programación: dividió los átomos del uranio que encerraba en su interior.

Teníamos un reactor de fisión nuclear que transformaba el calor en electricidad; unos 45 kW de potencia total.

Acercamos el módulo de supervivencia a la cueva que nos serviría de hábitat. Antes, habíamos introducido un robot excavador. Extendimos la pasarela posterior del módulo hacia el interior del acantilado, un tubo metálico de tres metros de diámetro que contaba con dos compartimentos estancos: uno para la presurización del aire y otro para la limpieza con aire a presión para evitar que entrase arena. Con la ayuda de una espuma expansiva de un poliuretano capaz de solidificarse a bajísimas temperaturas y poca presión, reactiva ante una atmósfera de CO2, rellenamos los huecos entre el tubo y la entrada a la cueva. Luego superpusimos varias capas de Demron adhesivo, un material flexible y resistente a la radiación. Al cabo de cuatro días teníamos un espacio de unos 120 metros cuadrados en el interior del acantilado, presurizado y con atmósfera. La pasarela frontal del módulo, con dos compartimentos estancos idénticos a los anteriores, era nuestra puerta a la superficie de Marte. Tras una semana de pruebas, pudimos anular los compartimentos de la pasarela interior; el entorno era seguro. Sin embargo, y como medida de precaución, mantuvimos el compartimento de presurización interno. En caso de accidente en el módulo de supervivencia, la cueva permanecería aislada y a salvo.

Disponíamos de equipos generadores de calor y luz de alta intensidad. Dispusimos nuestros enseres y dividimos el espacio en zonas de descanso y trabajo. Teníamos algo parecido a un hogar. Sólo faltaba sobrevivir durante 16 meses.

En realidad todo se resumía en conseguir un ciclo cerrado biológico dentro de la cueva, capaz de regenerar una atmósfera respirable, procurar agua y alimentos y reciclar los residuos. Con tan pocos recursos debíamos ser muy eficientes, y buscar ayuda en los materiales que Marte nos pudiese aportar.

Contábamos con alimentos y agua para unos seis meses, los tanques de algas, las patatas y los cereales. Pero el agua de la superficie de Marte no era potable y, además, estábamos generando oxígeno por electrolisis esquilmando un agua que necesitábamos para beber o regar. Tampoco teníamos un suelo fértil. Un pésimo panorama.

¿Qué podíamos hacer?

La idea se me ocurrió paseando por la cueva, tocando las paredes de roca. Antes de generar falsas expectativas en los demás excavé una muestra de la pared y sometí las rocas a un análisis espectroscópico en los laboratorios del módulo de supervivencia. ¿Qué buscaba? Primero, nitratos. Después, zeolitas. También jarosita. Y, si estos minerales se encontraban en las muestras que analizaba, quería calentar las muestras con microondas y comprobar las características del agua que pudiesen contener.

¿En qué estaba pensando? Vayamos por partes. Marte tuvo un pasado muy distinto a su árido presente, con agua líquida o en forma de hielo en su superficie y actividad volcánica en su interior. La mayor parte del agua desapareció,  hace miles de millones de años, absorbida por la roca porosa de origen volcánico.

Yo sabía que el rover Curiosity había detectado la presencia de nitratos (nitrógeno) en el suelo de Marte. El nitrato, en forma de óxido nítrico o monóxido de nitrógeno, requiere la presencia en algún momento del oxígeno. Posiblemente de agua. Pero lo importante es que el nitrógeno, incluso más que el oxígeno, es un elemento indispensable si se quiere iniciar una ciclo de vida similar al de la Tierra.

Porque las plantas, la base de la cadena de la vida basada en el carbono, se alimentan de nitrógeno.

Si queremos aire necesitamos plantas, cianobacterias o algas que transformen el dióxido de carbono en oxígeno, pero si no aportamos nitrógeno (amonio o nitrato) a las plantas, no crecen. Y poca gente lo sabe: aunque casi el 80% del aire que respiramos es nitrógeno, extraer el nitrógeno de la atmósfera no resulta fácil. Se precisa de bastante energía para hacerlo. Y el nitrógeno no lo captan las plantas del aire; tienen que absorberlo por las raíces. Por eso compramos abono sólido en los viveros. Y no es precisamente barato.

Aquí llegamos a un tema interesante: en el capítulo anterior nos centramos en las heces como la materia prima fundamental para crear abono. Sin embargo las personas tenemos una sustancia de desecho mucho más interesante: la orina. La urea es un compuesto nitrogenado (rico en nitrógeno). Este nitrógeno procede de la degradación en el hígado de las proteínas de los aminoácidos que se encuentran en los alimentos. En la orina también encontramos fósforo, magnesio o potasio. Lo único que también contiene y que puede resultar perjudicial para las plantas es el sodio.

En definitiva, las rocas de la pared de la cueva, machacadas hasta formar arena, ricas en nitratos y con un aporte de orina, pueden acabar siendo un suelo fértil. Pero ¿Y la contaminación por óxido de hierro o radiación que habíamos detectado en el exterior? ¿Podía existir en las rocas de Marte algún mineral que sirviese de filtro para eliminar las impurezas?

Entonces recordé que la Mars Reconnaissance Orbiter encontró en el suelo de Marte indicios de vetustas erupciones bajo glaciares en forma de arcillas, sulfatos y – mucho más interesante – zeolitas.

La presencia de zeolitas en Marte es una noticia que pasó desapercibida, pero que tiene una enorme importancia.

La zeolita es, créanme, un mineral fascinante. Son estructuras formadas por cristales tetraedros aluminosilicatos (compuestos de silicatos y aluminatos) que, al deshidratarse, forman una estructura casi imposible, llena de poros tan pequeños como apenas 3 angstroms. Es un maravilloso tamiz molecular en cuyo interior se produce un intercambio iónico. En definitiva, al pasar por la microporosidad de la zeolita las moléculas más grandes quedan retenidas. Además, el intercambio de iones favorece el que se retengan sustancias como los metales pesados.

La zeolita, para entendernos, se utiliza para mantener limpia el agua de los acuarios. Es un milagro de la geología.

Si lo recuerdan, comentamos que el agua pesada – con deuterio – tenía una mayor densidad que el agua normal. Si durante miles de años el agua se ha filtrado por 11 kilómetros de suelo rico en zeolita, el líquido que encontremos en las paredes, en lo más profundo del barranco, tendría que ser mucho más ligero. Al menos eso esperaba.

En efecto; el espectrómetro de los gases, tras calentar las rocas, daba una proporción de tan solo un 15% de agua pesada, El suelo de las paredes de la cueva nos proporcionaba un agua potable, filtrada y limpia. Y sin rastro alguno de contaminación radioactiva.

La ausencia total de radiación no se explica solo por la capa de piedra que nos protegía de la intemperie. Otro Rover, el Opportunity, había encontrado numerosas muestras de un mineral de origen hidrotermal (de nuevo el pasado de Marte nos regalaba un mineral fruto de un pasado tempestuoso en el que se encontraron los hielos y los ardores volcánicos). Me refiero a la jarosita, un sulfato de hierro hidratado y potasio, que posee una cualidad única y fascinante: absorbe la radiación ultravioleta. De hecho, es uno de los aislantes radioactivos más eficaces que se conocen.

Gracias a los nitratos, la zeolita y la jarosita, encontramos un suelo viable en las rocas desmenuzadas de las paredes de la cueva

Animados, comenzamos a producir suelo fértil, y a plantar patatas y distintos tipos de cereales. El robot excavaba sin descanso, aumentando el espacio disponible.

Como no queríamos malgastar el agua produciendo oxígeno, decidimos extraer el gas del dióxido de carbono, tan abundante en Marte (Un 96%). Cerca de la entrada a la cueva instalamos un depósito hermético recubierto por fibra aislante, que primero introducía el dióxido de carbono, luego lo comprimía y finalmente lo sometía a electrolisis a una temperatura de 800 grados. Como resultado, teníamos una producción constante y abundante de oxígeno.

Para ser justos, la idea no era nuestra; la NASA había trabajado en este sistema llamado MOXIE (Mars Oxigen In situ Experiment).

A continuación nos pusimos a pensar en cómo producir más agua. El agua que extraíamos calentando con microondas las paredes de la cueva no era suficiente. Necesitábamos más para criar las algas, el riego y nuestras necesidades.


La primera idea era producir agua uniendo los átomos de hidrógeno y oxígeno por medio de una fuerte descarga energética que quemase el hidrógeno a 2.000 grados. Pero no nos apetecía tener una bomba inestable e inflamable cerca. Necesitábamos otra solución.

Había una posible alternativa: en un depósito recubierto de níquel (el catalizador) se produce una reacción del hidrógeno con el dióxido de carbono a altas temperaturas. Se lo conoce como proceso sabatier: la mezcla de CO2 y 4H2 produce CH4 (metano) y 2H2O (dos moléculas de agua). Además, si introducimos en el  depósito a nuestras amigas las zeolitas, que absorben las moléculas de agua (no las de metano), separamos ambos compuestos.

Pero nos enfrentamos a tres inconvenientes: no teníamos demasiado níquel, el agua que conseguimos con este sistema es demasiado pura, sin rastro de los oligoelementos necesarios para el organismo y las plantas. Y, además, necesitamos hidrógeno puro, que podríamos extraer por electrolisis del agua pero…  ¿vamos a destruir moléculas de agua para crear moléculas de agua?

Volvíamos a tener un problema en apariencia irresoluble. Pensamos sobre ello largo tiempo; lo llamamos el problema Telemark.

Telemark es una población noruega; y lo que sucedió allí posiblemente cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. A mediados de la década de los 40 los americanos y los nazis estaban inmersos en una carrera por ser los primeros en conseguir una bomba atómica. El arma definitiva. Los aliados siempre llevaron ventaja; contaban con las mejores mentes (la mayoría europeas). Pero, además, los nazis sufrieron un revés definitivo en Telemark. En esa ciudad noruega se encontraba la planta en la que los alemanes producían agua pesada, imprescindible para conseguir una bomba atómica. La resistencia noruega saboteó las instalaciones de Telemark y, desprovistos de agua pesada, la bomba atómica fue una utopía para los nazis. Tenían la guerra perdida.

Nosotros también teníamos el reto de acabar con el agua pesada. Los mayores depósitos de agua los habíamos encontrado en el exterior, pero ¿cómo separar el agua común del agua pesada?

Pensamos en el conocido como método de Geib-Spevack o del sulfuro, un sistema de intercambio isotópico que produce agua pesada. Pero no sabíamos cómo revertir el proceso. Los enlaces entre el deuterio y el hidrógeno son más fuertes que los del agua común ¿Cómo separarlos?

Recordamos unos experimentos realizados en la universidad de Manchester en el 2014 con finísimas láminas de grafeno. Resulta que el grafeno deja pasar la molécula de hidrógeno normal, sin un neutrón en su núcleo, pero retiene a la molécula de deuterio. El grafeno es un material extraño, con características muy peculiares; gracias al fortísimo agarre de las moléculas de carbono se pueden fabricar láminas de sólo una molécula de espesor. Son tan finas que se considera que sólo tienen dos dimensiones.

Debido a su enorme densidad, el grafeno no permite el paso ni tan siquiera de las moléculas de helio; pero sí permite el paso del agua, si bien lo hace con unas cualidades similares a la de la ósmosis inversa. Una lámina de grafeno presenta unas barreras energéticas cuando recibe una pequeña estimulación eléctrica (que, en el caso del grafeno, podría activarse con la simple exposición a la luz). El hidrógeno normal puede sortear estas barreras, pero el deuterio queda atrapado. Y no sólo el deuterio; también los minerales pesados y – lo que nos interesa especialmente – la sal.

En definitiva, dispusimos láminas de grafeno y las utilizamos como un tamiz frente a grandes cantidades de vapor de agua que extraíamos de la superficie de Marte. El resultado final del experimento: litros y litros de agua potable.

Nuestra pesadilla había acabado.

El robot excavador nos había proporcionado no sólo tierra fértil, sino bastantes metros cuadrados de superficie para instalar piscinas de agua repletas de algas. Bajo los focos de luz de alta intensidad y con una temperatura adecuada, las algas proliferaban y generaban una gran cantidad de oxígeno. Tuvimos que almacenar el oxígeno sobrante en tanques de almacenamiento externo, para evitar una saturación de la atmósfera de la cueva. Debíamos evitar el llamado efecto de Paul Bert (intoxicación por exceso de oxígeno).

Nuestra dieta se hizo más variada con las reservas de alimento, los cereales (que procesábamos como pan o pastas) y las algas.

Lo habíamos logrado. Íbamos a sobrevivir.

Nos tomamos una semana de relativo descanso. Mejoramos la entrada de datos a la caverna estableciendo una conexión más potente entre el módulo de supervivencia y la centralita de telecomunicaciones de la Rocinante. En una semana estábamos disfrutando de las retransmisiones del mundial de fútbol con un retardo – por entonces – de 15 minutos. Utilizamos la impresora 3D para recrear estructuras no sólo funcionales, sino también recreativas. Teníamos un futbolín ensamblado con piezas de la impresora.

Tan solo resultaba molesto el sonido constante de la excavadora. Nos llegaba amortiguado, porque el robot disponía de una gruesa pantalla neumática circular de seis metros de diámetro que aislaba la zona de excavación del entorno, para evitar la emanación de polvo y preservar en todo momento los niveles de presión ante el imprevisto de una pequeña oquedad. De todos modos, el robot disponía, entre otros instrumentos, de un georradar que controlaba constantemente la densidad de la zona en la que se trabajaba.

Y fue este radar el que, al cabo de dos meses, de repente, sin previo aviso, detuvo la excavación.

Fue una sensación extraña; nos habíamos habituado de tal manera al sonido de la excavadora que el repentino silencio pesaba como una losa. Nos miramos todos aturdidos, sin saber muy bien lo que sucedía. Cuando caímos en la cuenta, nos dirigimos hacia el panel de comunicación del robot, expectantes.


El georradar nos mostraba la imagen de una cavidad enorme, apenas a 20 centímetros del lugar en el que nos encontrábamos. El georradar no era capaz de distinguir sus límites, lo que suponía que la gruta medía kilómetros en todas direcciones. Era una oquedad tan enorme que no encontramos una justificación geológica a su existencia. A tal profundidad no deberíamos encontrar un vacío tan inmenso. Era como si una pequeña parte de Marte, bajo su superficie, estuviese hueca.

El pequeño laboratorio de análisis del robot nos permitía hacer un taladro de apenas 1 milímetro de diámetro para estudiar las condiciones del hábitat nuevo. Aseguramos la protección de la pantalla neumática para aislarnos de todo lo que se pudiese encontrar. También para no contaminarlo con nuestra presencia. El robot, ya fijo a la pared, era nuestra ventana – y nuestra salvaguardia - a un universo desconocido.

Hecho el taladro, le pedimos al robot que analizase las muestras a través del cromatógrafo de gases. Era asombroso: la concentración de nitrógeno era muy superior a lo esperado y el oxígeno llegaba a concentraciones del 12%. El CO2 no pasaba de un 1,7%. Pero lo más extraño eran las trazas de metano.

¿Un indicador de actividad biológica bajo el suelo de Marte?

La temperatura era de 5 grados positivos, y la densidad del aire de 0,70 bar. Le pedimos al espectro que analizara de nuevo la composición de gases por si descubríamos algo nuevo y, sorprendentemente, sólo mostró la presencia de hidrógeno.

Repetimos el experimento; no se detectaba nada.

El analizador debía estar averiado. Una nueva prueba nos dio positivo al 100% de nuevo en hidrógeno.

Le pedimos al ordenador que realizara una analítica en busca de errores. Todo parecía estar bien. Pero un nuevo análisis mostraba un 100% de otro elemento, el helio.

Sucesivos análisis dieron positivo en litio, boro, oxígeno, aluminio, escandio, selenio y cesio. Luego, comenzó de nuevo la serie: hidrógeno, hidrógeno, helio, litio, boro, oxígeno, aluminio, escandio, selenio y cesio.  Y vuelta a empezar, una y otra vez. Siempre los mismos elementos en una misma serie.

Era un mensaje.

Lo que había tras esa pared estaba vivo, era inteligente y se había percatado de nuestra presencia. Tenía la capacidad de dominar los elementos hasta el punto de provocar emanaciones puras, pero ¿por qué esos elementos y no otros? ¿Por qué precísamente en ese orden?
Fue Carlos el que se dio cuenta. De repente estaba blanco, y le bastó con pronunciar un nombre: Fibonacci.

Todos lo entendimos: 1, 1, 2,3,5,8,13,21,34,55.

El número phi.

El número áureo.

Y fue entonces que entendimos.. 



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 Antonio Carrillo