sábado, 24 de febrero de 2018

Forges II

Más humor. Más Forges.

Otras viñetas geniales, que nos despejan la mente.

Sólo conozco otro autor que me provoque este asombro: el argentino Quino.


Ambos despiertan en mí la admiración. Por su inventiva.

Nada hay más complejo que el sentido del humor; una manifestación sublime de la inteligencia puesta al servicio del arquetipo, del simbolismo.

La realidad se despereza con la sonrisa; y dentro de nosotros queda la sensación de que hay algo más. Un mensaje oculto tras la levedad de la risa.

De todos los creadores, a los que más admiro es a los que saben emplear el humor. Porque me parece que su arte tiene profundas raíces, que se adentran en lo extraordinario.
Pero, en fin... Permítanme la osadía de proponerles unos pocos dibujos más. Espero que los disfruten.


jueves, 22 de febrero de 2018

Hoy ha muerto un humanista que nos hacía reír


Hoy ha muerto Forges.

La muerte de un humorista es siempre una tragedia. El humorista con talento, que no emplea el insulto ni la descalificación, es una especie en extinción.


Hoy somos todos un poco más pobres. Porque, además, Forges era un humanista.


¿Sabían que palabras como "bocata", incluidas en el diccionario de la RAE, las inventó él?


En su humor prima la inteligencia más valiosa, la que desprende sutileza. Nada de trazo grueso. Sus personajes ya forman parte del imaginario español. Los Basilios, los Marianos y las Conchas, esas ancianas o esos náufragos...


Y sus dibujos son testimonio de una época, la de la transición, que nos obliga a ser nostálgicos.

Porque Forges se ha muerto; y están cerrando revistas como Interviú y Tiempo. Y la prensa de papel está destinada a desaparecer. Y en Forges, como en el resto de los humoristas gráficos, había una corporeidad que está disipándose en este mundo digital.
Pero Forges era un humanista, fundamentalmente, por su labor de divulgador de la historia
Su "Historia de España" en 8 volúmenes nos acercó el conocimiento exhaustivo de nuestro pasado trufándolo de chistes e imágenes. Y así, de una manera rigurosa pero amena, leímos sobre Numancia, sobre el feudalismo, los Borbones o la catástrofe del 98.


Nunca le agradeceré lo bastante que me impulsara a leer aquellas páginas. Que me descubriera que el árabe Abderramán III era pelirrojo, que los romanos estaban aterrados con Numancia, lo que sucedió con los "últimos de Filipinas"; una historia difícil de creer.
En fin. Buen viaje, maestro. Gracias por la sonrisa que despertaste en mí en más de una ocasión. Gracias por tus enseñanzas.

Hoy es un día de nostalgia, que, sin embargo, quiero aliñar con tus viñetas. Porque me apetece compartirlas. Porque te has ido pero estuviste.

Antonio Carrillo

miércoles, 7 de febrero de 2018

Los fantasmas amables



Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que me visitan los fantasmas amables del pasado.

Laurita, mi compañera de pupitre. Mi confidente. Se casó con un médico de Zaragoza que no quiso hacerle feliz. Con lo buena que era.

Y la madre Asunción, siempre tan aseada. Nos daba lenguaje. Me encantaba el tono de su voz.

Y es ahora que me veo recorriendo las calles de un barrio que ya no existe, una niña despreocupada y risueña. Me asomaba a los escaparates de los colmados, para leer las etiquetas de los botes. Algunos, pocos, venían de lugares lejanos. Y yo me imaginaba cómo sería vivir al otro extremo del mar.

Con la frente apoyada en el frío cristal, viajaba mientras veía ilustraciones en color.

En casa, madre siempre con la faena, de ropas y mochos y comidas. Entrar en casa era oler el pan recién tostado de la merienda, el olor de madre. Todos los hermanos apiñados junto a la mesa de la cocina. Y el sonido de la radio.

Caía la tarde con la calma de la rutina. Deberes de la escuela, siempre con la mejor letra. A madre le gustaba verme escribir. Sólo entonces descansaba, y eso me hacía feliz. Huelo su pelo junto a mi cara.

Era la mujer más bella del mundo, pero no lo sabía.

Lentamente se alejaba el Sol de las ventanas, y madre encendía la luz. Todos aguardábamos, expectantes. A mí siempre me producía ansiedad que no volviera. Que se hubiese perdido. Que se hubiese muerto.

Pero siempre volvió padre del trabajo. Los perros corrían hacia la puerta minutos antes de que se le escuchara. El sonido de la llave en la puerta acallaba todos mis miedos. El rumor de sus pasos en el pasillo. Siempre sonriendo. De toda la herencia que recibí de niña, ninguna fue tan importante como la sonrisa de padre y el beso a madre en la frente. Su mano sorteando los rizos de mi cabeza. De mayor siempre exigí de los hombres respeto y cariño. Tuve una vida feliz porque mi madre era cálida y mi padre un hombre bueno.

Con padre en casa estábamos seguros, cerrados a toda la oscuridad y a todo frío.

Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que vuelvo a sentirme insegura como cuando era niña. Y me gustaría, aunque sólo fuese una vez, que padre volviese. Que cerrase con doble vuelta la llave de la puerta. Que acariciase mi cabeza, ahora cana.

Me gustaría no sentir tanto miedo.

Antonio Carrillo.