miércoles, 7 de febrero de 2018

Los fantasmas amables



Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que me visitan los fantasmas amables del pasado.

Laurita, mi compañera de pupitre. Mi confidente. Se casó con un médico de Zaragoza que no quiso hacerle feliz. Con lo buena que era.

Y la madre Asunción, siempre tan aseada. Nos daba lenguaje. Me encantaba el tono de su voz.

Y es ahora que me veo recorriendo las calles de un barrio que ya no existe, una niña despreocupada y risueña. Me asomaba a los escaparates de los colmados, para leer las etiquetas de los botes. Algunos, pocos, venían de lugares lejanos. Y yo me imaginaba cómo sería vivir al otro extremo del mar.

Con la frente apoyada en el frío cristal, viajaba mientras veía ilustraciones en color.

En casa, madre siempre con la faena, de ropas y mochos y comidas. Entrar en casa era oler el pan recién tostado de la merienda, el olor de madre. Todos los hermanos apiñados junto a la mesa de la cocina. Y el sonido de la radio.

Caía la tarde con la calma de la rutina. Deberes de la escuela, siempre con la mejor letra. A madre le gustaba verme escribir. Sólo entonces descansaba, y eso me hacía feliz. Huelo su pelo junto a mi cara.

Era la mujer más bella del mundo, pero no lo sabía.

Lentamente se alejaba el Sol de las ventanas, y madre encendía la luz. Todos aguardábamos, expectantes. A mí siempre me producía ansiedad que no volviera. Que se hubiese perdido. Que se hubiese muerto.

Pero siempre volvió padre del trabajo. Los perros corrían hacia la puerta minutos antes de que se le escuchara. El sonido de la llave en la puerta acallaba todos mis miedos. El rumor de sus pasos en el pasillo. Siempre sonriendo. De toda la herencia que recibí de niña, ninguna fue tan importante como la sonrisa de padre y el beso a madre en la frente. Su mano sorteando los rizos de mi cabeza. De mayor siempre exigí de los hombres respeto y cariño. Tuve una vida feliz porque mi madre era cálida y mi padre un hombre bueno.

Con padre en casa estábamos seguros, cerrados a toda la oscuridad y a todo frío.

Y es ahora, a mis ochenta y seis años, que vuelvo a sentirme insegura como cuando era niña. Y me gustaría, aunque sólo fuese una vez, que padre volviese. Que cerrase con doble vuelta la llave de la puerta. Que acariciase mi cabeza, ahora cana.

Me gustaría no sentir tanto miedo.

Antonio Carrillo.

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